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Una de las cosas que me gusta enseñar en clase es que un fotógrafo tiene que huir del síndrome del turista. Consiste en ir andando como ganado, porque hay prisa y el guía te quiere enseñar tres ciudades en un día. Cuando el turista ve algo que le gusta, tira la foto, sosteniendo la cámara compacta con una mano y sin parar de andar, y sigue al guía que se ha alejado ya un kilómetro. Hacer buenas fotos no es eso.

Edicion

La fotografía hay que pensarla. Cuando encontramos un momento, una luz o una situación que nos enamore, el buen fotógrafo tiene que tratar de tranquilizarse y detenerse a pensar. Por supuesto estoy hablando de la fotografía tranquila y pausada. Si vamos a hacer fotografía callejera (qué manía tienen en llamarla street photography) o estamos en medio de una manifestación, esto que voy a contar no se puede aplicar, pues no hay tiempo.

Hay veces que vamos andando y tenemos la suerte de encontrarnos con esa conjunción de elementos que todo fotógrafo espera cuando sale armado con su cámara. La primera impresión es fundamental, y es importante estar preparado para verla. Pero no nos tenemos que conformar con ella. El primer disparo que hagamos es la base de todo lo que viene después.

Esta forma de trabajar, que nos lleva a conseguir la mejor imagen posible de una situación concreta, exige mucho trabajo y concentración, y por qué no, una cierta abstracción de todo lo que nos rodea. Enseguida tenemos que activar nuestra biblioteca personal (todas los cuadros, fotografías y referencias que nos vengan a la cabeza), para conseguir lo mejor de ese momento. También tenemos que sacar a relucir todo nuestro arsenal técnico para saber si ese diafragma, ese histograma o el objetivo que llevamos es el mejor posible para esa situación.

Robert Frank y otros grandes actúan así, y si tenemos la suerte de asistir a un taller de José Manuel Navia, veremos que esta forma de trabajar nos puede llevar hasta el extremo de fijarnos en un pequeña luz en una esquina del encuadre. Así es como se consiguen las mejores obras.

La hoja de contactos que abre este artículo, tiene uno de los trabajos que más me gustan, y que ya ha ilustrado algún artículo. Se pueden ver todos los disparos que hice hasta llegar al momento perfecto. Sabía que estaba ahí, pero no lo encontré a la primera. Tenía claro lo que quería, pero no lo conseguí en un primer intento. Estaba buscando fotos en la niebla, en medio de las hermosas montañas de Asturias, cuando vi al fondo del camino tres caballos pastando.

Saqué el trípode, monté el 50 mm pues no quería acercarme más y el 35 mm que llevaba se me quedaba corto, y disparé sin pensar, pues creía que iban a seguir su camino. Afortunadamente se recrearon bastante tiempo en ese pasto, por lo que probé otros encuadres, un poco más a la derecha, un poco más inclinada... Pronto me di cuenta que un solo caballo daba mayor sensación de soledad y tranquilidad. Dejé pasar tiempo y el último caballo se retrasó. Me dio tiempo a ajustar el encuadre, con el camino perdiéndose por la izquierda y el horizonte un poco más bajo para no centrarlo. De pronto me vino a la cabeza uno de los cuadros de Goya, Perro semihundido. Y encontré la inspiración perfecta. Un ciclista vino a romper la magia, pero retomé el proyecto inicial hasta que el caballo desapareció.

Desde que vi la fotografía hasta que conseguí la imagen definitiva pasaron apenas diez minutos. No es mucho tiempo. Pero fue totalmente productivo. La foto de partida, que está bien, se transformó en una copia que he colgado ya en tres exposiciones. La elegida no fue ni la primera ni la última. Fue el octavo disparo. El proceso de edición para esta serie fue rápido. Un caballo solitario, con la cabeza levantada, a la izquierda, en medio de la nada de la niebla. Si me hubiese conformado con el primer disparo, probablemente nunca lo hubiese revelado.

Si trabajamos con paciencia, y dejamos pensar a vuestra cabeza, nuestras fotografías mejorarán. Seguro.