Juan Rulfo, uno de los escritores más grandes a pesar de su obra mínima, en número de páginas que no en profundidad, resulta que fue también un enorme fotógrafo, que recorrió las tierras de su México natal y encontró la inspiración mortal y amorosa bajo el ardiente sol que nos quema en Pedro Páramo, la obra que dejó a Gabriel García Márquez una noche entera sin dormir:
No son recuerdos, dijo Pedro Páramo. Solo son imágenes. No conservo en la memoria sino llamaradas que se han quedado asentadas como cimientos, como granos de arena, que solamente se remueven cuando se nos voltea nuestro destino.
Hace tiempo pude ver una exposición que a muchos dejó desconcertados y con cierta envidia sana o no, depende esto último de la personalidad de cada uno. El insigne escritor, premio Principe de Asturias 1983, resulta que está considerado como uno de los fotógrafos más importantes de México, y por ende de Latinoamérica, y por lo tanto una figura mundial. Su nombre lo sitúan cerca de Ansel Adams o de Edward Weston, ni más ni menos, dos figuras del realismo americano de los 50. No es por menospreciar a estos dos personajes, a los que admiro profundamente aunque haya visto poca obra original de ellos, o como dicen los entendidos, copias vintage (de época), pero considero que Juan Rulfo sube un escalón por encima de ellos, pues a la evidente subjetividad de la imagen de plata, o quizás por eso precisamente, añade a sus obras el reflejo visual del realismo mágico. Y quienes digan que esto es superfluo, que busquen sus fotografías y lean a la vez sus libros, para comprobar que sus ideas pueden cambiar.
Fue un hombre arraigado a la dureza de su tierra natal, pero que sin duda amó. No pudo hacer lo que hizo si sentía un odio exacerbado o una indiferencia ignorante. Es una tierra difícil, pero algunas veces lo que más cuesta es lo que más quieres. No podía fotografiar otra cosa. Lo que más conoces es lo que mejor reflejas. La foto de tu vida está en tu entorno; y para corroborar esto ahí están Alberto García Alix con sus amigos o Eugène Atget con París. Era viajante de comercio, y para entretenerse y documentarse hacía fotos con su Rolleiflex, cámara que debería estar en el Olimpo de los fotógrafos, si es que existiera o al menos, lo pudiéramos imaginar. Las revelaba y apilaba su luz en cajas oscuras. No fue hasta 1980 cuando el director de Bellas Artes de México consiguió convencerle de que hiciera una exposición. Él accedió a regañadientes (no se consideraba fotógrafo. Ojalá muchos actuaran de la misma forma); seleccionaron unas cien imágenes de entre más de seis mil negativos. Muchos tendrían que aprender de esta humildad: no por mucho exponer consigues más prestigio.
Lo que se descubrió dentro de esas cajas es la luz, la pura luz de los indígenas libres de la oscuridad de la ciudad. Seres más allá del tiempo, esculturas vivas de eras prehispánicas, conscientes de su propia desgracia y fuertes por la propia vida. Paisajes absorbidos por el sol, incandescentes llanos en llamas, el mar y las cascadas; luces y sombras, el silencio y la soledad. Y por supuesto los monumentos, los restos históricos de lo que pudo llegar a ser y se quedó en el olvido por culpa de la Conquista y las revoluciones. Estas ruinas son el reflejo del tiempo, del sufrimiento del pueblo. Son una perfecta alegoría de la tragedia.
Se termina el verano: calor, viajes, playa en el mejor de los casos... tiempo para meterse en internet o en alguna buena librería y acercarse a la obra de este genio, representante de lo que Octavio Paz llamó el laberinto de la soledad, perfecta explicación de la personalidad del pueblo mexicano.







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