Hace muy poco, el día 15 de agosto, ha muerto Martine Franck, y no ha salido casi en los periódicos, si acaso una pequeña nota en la triste sección de los obituarios. En los telediarios ha sido anecdótico... A lo mejor, dentro de poco, cuando se enteren que era la viuda del insigne Cartier Bresson, dedicarán unos segundos al maestro que se casó en segundas nupcias con una fotógrafa, justo cuando decidió dejar de la cámara por los pinceles.

Martine-Franck

Era una fotógrafa con personalidad propia, pero formada bajo los designios del elegante francés. Nació en Amberes en 1938, un 2 de abril. Dentro de su biografía destaca su formación en Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid en 1956, para recalar finalmente en la escuela del Louvre. Todos sus conocidos destacan, y parece que de corazón, su enorme calidad como persona y compañera. Una mujer francófona de formación anglosajona, políglota, que vivió en los Estados Unidos y se formó en la vieja Europa. Una de las mejores descripciones que podemos encontrar para imaginar como sería es la de su compañero de profesión, Robert Doisneau, que definió sus fotografía como

la mirada de la amistad.

No quería juzgar, ni hacer pensar en aspectos complicados de la vida, ni enseñar su maestría con una cámara entre las manos. Sólo hacer amigos, y mantenerlos en 24x36.

La mayor parte su trabajo es en blanco y negro y con el equipo más sencillo posible. ¿Por qué? Para evitar distracciones en la composición en el momento de la toma, donde un rojo fulgurante te puede despistar. Creía que el color desviaba la atención del tema. Y como muchos fotógrafos, rehuía de los objetivos zoom, que además de ser siempre de peor calidad que los fijos, nos vuelven vagos y comodones. Preferimos girar la muñeca y modificar la perspectiva, que andar unos pasos y ser fieles a una única mirada.

Como dijo Ferdinando Scianna,

Tanto si se trata de celebridades como de desconocidos, siempre consigue mostrarnos una verdad humana que nos revela a la persona, al individuo, todos ellos muy distintos entre sí, y lo hace de tal modo que ya nunca podremos olvidarlos. Un don inusual, que muy pocos fotógrafos poseen.

Destacó por sus retratos de artistas (Barceló, Paul Strand, Fernando Botero, Michel Foucault, o el propio Cartier Bresson, del que hizo uno de sus retratos más famosos, donde vemos el reflejo del fotógrafo mientras dibuja), sus reportajes de Afganistán, China o Japón, que publicó en Life, Vogue, Fortune... y su amor por las artes escénicas, donde destaca el trabajo con la representación de las Fábulas de La Fontaine, a partir del montaje de Bob Wilson de 2004, que ya hizo en color.

La mano de su maestro fotógrafo se nota, como ella misma decía, en la precaución de saber decir que no y no enseñar nunca las fotos de las que te podrías avergonzar. El secreto, muchas veces, es ser discreto, no molestar con la cámara y pensar mucho lo que vas a enseñar.

A lo mejor lejos de la sombra de su marido hubiese sido más grande,-muchos piensan que lo es- pero ella no era de las que quieren destacar. Les basta con ser buenas personas. Así se entiende que fuera una de las principales impulsoras de la fundación Henri Cartier Bresson, donde luchó para preservar de una manera adecuada y honesta la memoria de uno de los grandes del siglo XX. Ahora toca que todos recordemos a una de las mejores.